Le pregunté al joven de la caja que dónde recibían los productos, ya que, en efecto, el Starbucks del mall de Cuatro caminos en Torreón, Coahuila, en el cual nos encontrábamos, era igualito a los demás Starbusks de los Estados Unidos. En particular estaba interesado en saber de dónde les enviaban la leche de soya Silk, que tanto me gusta en el café. Me respondió que los abastecían de Monterrey (no pude evitar un pequeño desagrado, je je). Luego me quejé: “Pero que onda, todo está más caro aquí; más de treinta pesos por un muffin”. Y proncié la frase: “Vivo en Portland, Oregon, y allá gasto menos dinero en un café y un panecillo”. Sin que el joven alcanzara a responderme (quien, por cierto, estaba muy orgulloso de trabajar en Starbucks) un hombre apareció a mi lado y me preguntó en un español agringado: “¿Vives en Portland? Nosotros somos de Portland, Oregon”. Y con la mano indicó hacia una de las esquinas del lugar. Vi otra vez a la mujer que, al entrar al café, hablaba con el hombre que me estaba interpelando. En aquel instante cuando entré los había escuchado conversar en inglés y casi de manera automática pensé “quizá son dos de los tantos gringos que viven en Torreón y trabajan en alguna empresa estadounidense". De sus ropas coloridas y tal vez mal combinadas me abstuve de sacar conclusiones. Es que de los gringos nunca se sabe.
Me dijo en inglés que me sentara con ellos por unos minutos. Yo, que tenía nada más unos minutos para hacer unos apuntes y escribir unos emails, me pese a charlar con ellos. En el tiempo mexicano el tiempo alcanza pa hacer todo. Se llamaban David y Candy y no solamente eran de Portland, vivieron en cerca de Laurelhurst (¡muy cerca de donde tengo mi apartamento ahora!), sino que también habían estudiado en Porland State University, en la década de los ’60, antes de que siquiera fuera yo imaginado por mi madre. Vivían en Gómez Palacio, Durango, y antes lo habían hecho en San Miguel de Allende, Guanajuato. “We didn’t like San Miguel. Americans do not even speak Spanish there. They do’t even talk with the locals ever”. Revelaron que habían llegado a Gómez, que rentarían una casa y que esperarían un año para decidir si compraban una propiedad. Aquella misma primera semana compraron una casa en el campestre.
Ella sumaba más de cincuenta y cinco años. Ella misma precisó que él era diez años más joven. Ella rubia, con el cabello largo, rizado, hippioso; él alto con escazo cabello, manos grandes, con una barriga de muchas órdenes de tacos a cuestas; me hablaron de sus motivos por los que vivían en México y, en especial, en el norte de México, en la Laguna: el sol, la calidez humana, la cohesión familiar, la lentitud del tiempo, la amistad, la informalidad, el contacto corporal, lo barato de la vida (ya había escuchado estas razones en distintos lugares y de distintas personas, inclusive lo he llegado a pensar, he llegado a convencerme). Pero una de las razones de Candy me pareció la cereza en el pastel: “In Mexico, God is everywhere. There are crucifixes and images of Christ in every house. The States have abandoned God. There is no God in the United States”. No obstante, seguía superando sus propias frases. Remató: “Brown eyes and dark hair are exotic to us”.
Entre otra de las cosas que comentaron para haber dejado Oregon estuvo el batalloso, gris, húmedo, frío, depresivo, clima del noroeste de los Estados Unidos. Eso también ya lo había escuchado yo y lo había llegado a pensar, a sentir, a comentar con los amigos, con la familia.
No pude evitar (¿como no hacerlo, si ya era muy obvio?) que la pareja y yo teníamos las vidas cruzadas. Imagine la idea de que hay un número limitado de vidas disponibles tanto en Portland como en la Laguna y que era necesario que yo saliera de mi región para que ellos pudieran vivir allí, y que su llegada dejaba un lugar en Portland para que yo pudiera encontrar un trabajo en PSU e instalarme como si fuera mi casa. Pensé también que las ideas de Borges nada tenían que ver y que sólo éramos tres personas reunidas por casualidad, viviendo, eso sí, vidas opuestas por el azar siniestro de los dioses menores del universo. Yo vivo la vida de la que ellos huyen y que yo, en el sol y polvo de Torreón, deseé fantasiosamente desde la infancia. Vivir los sueños o pesadillas son, sin duda, muy diferente a concebirlos.