Al vuelo ser

April 29, 2009

Empezar

Vuelva la vida a empezar, el agua de lluvia a acumularse en la laguna, los sueños en la noche a buscar la luz. Un día te volveré a encontrar en la mañana. Caminarás en línea recta y volverás a dormir sin miedo al tiempo.


Empieza de nuevo a correr el calendario. La espera no es espera ya. Es sólo un estar callado. Ver de nuevo lo que ya estaba. Encontrar la novedad sin verla. Musitar estas palabras y desear el calor de los colores.


El nombre es el mismo pero el hombre es otro. Vuelva la vida a empezar.


March 13, 2009

Vidas opuestas o vidas cruzadas

Le pregunté al joven de la caja que dónde recibían los productos, ya que, en efecto, el Starbucks del mall de Cuatro caminos en Torreón, Coahuila, en el cual nos encontrábamos, era igualito a los demás Starbusks de los Estados Unidos. En particular estaba interesado en saber de dónde les enviaban la leche de soya Silk, que tanto me gusta en el café. Me respondió que los abastecían de Monterrey (no pude evitar un pequeño desagrado, je je). Luego me quejé: “Pero que onda, todo está más caro aquí; más de treinta pesos por un muffin”. Y proncié la frase: “Vivo en Portland, Oregon, y allá gasto menos dinero en un café y un panecillo”. Sin que el joven alcanzara a responderme (quien, por cierto, estaba muy orgulloso de trabajar en Starbucks) un hombre apareció a mi lado y me preguntó en un español agringado: “¿Vives en Portland? Nosotros somos de Portland, Oregon”. Y con la mano indicó hacia una de las esquinas del lugar. Vi otra vez a la mujer que, al entrar al café, hablaba con el hombre que me estaba interpelando. En aquel instante cuando entré los había escuchado conversar en inglés y casi de manera automática pensé “quizá son dos de los tantos gringos que viven en Torreón y trabajan en alguna empresa estadounidense". De sus ropas coloridas y tal vez mal combinadas me abstuve de sacar conclusiones. Es que de los gringos nunca se sabe.

Me dijo en inglés que me sentara con ellos por unos minutos. Yo, que tenía nada más unos minutos para hacer unos apuntes y escribir unos emails, me pese a charlar con ellos. En el tiempo mexicano el tiempo alcanza pa hacer todo. Se llamaban David y Candy y no solamente eran de Portland, vivieron en cerca de Laurelhurst (¡muy cerca de donde tengo mi apartamento ahora!), sino que también habían estudiado en Porland State University, en la década de los ’60, antes de que siquiera fuera yo imaginado por mi madre. Vivían en Gómez Palacio, Durango, y antes lo habían hecho en San Miguel de Allende, Guanajuato. “We didn’t like San Miguel. Americans do not even speak Spanish there. They do’t even talk with the locals ever”. Revelaron que habían llegado a Gómez, que rentarían una casa y que esperarían un año para decidir si compraban una propiedad. Aquella misma primera semana compraron una casa en el campestre.

Ella sumaba más de cincuenta y cinco años. Ella misma precisó que él era diez años más joven. Ella rubia, con el cabello largo, rizado, hippioso; él alto con escazo cabello, manos grandes, con una barriga de muchas órdenes de tacos a cuestas; me hablaron de sus motivos por los que vivían en México y, en especial, en el norte de México, en la Laguna: el sol, la calidez humana, la cohesión familiar, la lentitud del tiempo, la amistad, la informalidad, el contacto corporal, lo barato de la vida (ya había escuchado estas razones en distintos lugares y de distintas personas, inclusive lo he llegado a pensar, he llegado a convencerme). Pero una de las razones de Candy me pareció la cereza en el pastel: “In Mexico, God is everywhere. There are crucifixes and images of Christ in every house. The States have abandoned God. There is no God in the United States”. No obstante, seguía superando sus propias frases. Remató: “Brown eyes and dark hair are exotic to us”.

Entre otra de las cosas que comentaron para haber dejado Oregon estuvo el batalloso, gris, húmedo, frío, depresivo, clima del noroeste de los Estados Unidos. Eso también ya lo había escuchado yo y lo había llegado a pensar, a sentir, a comentar con los amigos, con la familia.

No pude evitar (¿como no hacerlo, si ya era muy obvio?) que la pareja y yo teníamos las vidas cruzadas. Imagine la idea de que hay un número limitado de vidas disponibles tanto en Portland como en la Laguna y que era necesario que yo saliera de mi región para que ellos pudieran vivir allí, y que su llegada dejaba un lugar en Portland para que yo pudiera encontrar un trabajo en PSU e instalarme como si fuera mi casa. Pensé también que las ideas de Borges nada tenían que ver y que sólo éramos tres personas reunidas por casualidad, viviendo, eso sí, vidas opuestas por el azar siniestro de los dioses menores del universo. Yo vivo la vida de la que ellos huyen y que yo, en el sol y polvo de Torreón, deseé fantasiosamente desde la infancia. Vivir los sueños o pesadillas son, sin duda, muy diferente a concebirlos.


June 5, 2008

hoy 5 de junio de 2008

Cruzamos el río a caballo, Lunero y yo, Fernando Artemio Cruz.

Y es ese, Fernando Artemio Cruz, quien ahora pertenecerá a lo indomable, a lo ajeno a las propias fuerzas, a la anchura de la tierra... Liberado de la fatalidad de un sitio y un nacimiento... esclavizado a otro destino, el nuevo, el desconocido, el que se cierne detrás de la sierra iluminada por las estrellas.

El nombre ha cambiado, aunque el hombre es el mismo.

April 11, 2008

El señor M en su silla

El señor M a veces se levanta de su silla, simbólica y literalmente. Camina por la habitación casi vacía (que es su vida así como existe ahora), ve uno que otro de los libros que están en la repisa. Ninguno le interesa. Si no fuera porque le han costado mucho trabajo en las diferentes mudanzas, los empezaría a regalar a personas que los encuentren llenos de ideas. Y es que en este momento, la vida para el señor M es más interesante que cualquier libro. Había pensado (robando esta idea de otro lo más probable) que se lee y se escribe cuando la vida entra en un estado de sosiego y que las historias más interesantes no son las que se leen y se escriben, sino las que uno llega a vivir. El escritor o el lector es un fracasado cuando las historias que lee o escribe son mejores que las que forman la secuencia de sus días. Paradójicamente, el señor M ahora cree que la vida es más interesante que un libro (o una de las novelas que pudiera escribir), pero pasa la mayoría del tiempo sentado en su silla (simbólica y literalmente). Y viéndola desde el exterior (desde donde la veo yo) la vida del señor M está estructurada por actos tan pequeños e insignificantes que, de ninguna manera, podríamos considerarla materia novelable. Espero que él no llegue a leer estas líneas ni a escuchar mi voz cuando pienso en voz alta.

Del librero va al equipo de sonido. Desde hace días que sacó prestados unos cds en la biblioteca municipal. Los cds se habían quedado por allí y ahora el señor M, por fin, se ha atrevido a escucharlos. Pone el primero, Concord on a Summer Night de The Dave Brubeck Quartet. No eleva mucho el volumen ya que los vecinos se han venido a quejar. Escucha la primera melodía, “Take Five” (por alguna razón el señor M empezó a escuchar el cd en orden inverso). Reconoce los sonidos (solo conocía la versión de estudio) pero le parecen más interesantes, más divertidos, menos esquemáticos. “Soflty, William, Soflty” lo intriga en el inicio. Al paso de un minuto, el señor M está completamente estremecido. Siente una gran tristeza, pero es una dulce tristeza. Sentado en su silla, se deja llevar por las mariposas de luz y el saxofón. Queda en silencio cuando la gente aplaude al final y espera con ansias que llegue la siguiente pieza, “Black and Blue”. El misterio se disuelve un poco aunque el mismo tiempo la tristeza se le vuelve real. Se podría percibir aquí una inconsistencia en las emociones del señor M, ya que esta melodía es juguetona, a diferencia de la versión de Louis Armstrong. Pero qué sé yo sobre música y, sobre todo, qué sé yo de lo que sucede dentro de la mente y el corazón del señor M.

Lo que sí sabemos es que está sentado en su silla, en silencio, la piel se le eriza, los ojos los abre más fijando la mirada en un punto lejano, al mismo tiempo parpadea con más frecuencia. Está escuchando “Koto Song”. Y el señor M no puede mover sus manos sujetas a los brazos de la silla, se encuentra sorprendido y no puede creerlo, reconoce (porque antes ni siquiera podía imaginarlo) que ha sido tocado por la belleza cifrada en la tranquilidad de un piano, quizá por su soledad o simpleza. El señor M sigue sintiendo tristeza (quizá más que antes) aunque recuerda también que, desde niño, ha decidido amar la vida, vivir, porque hay momentos (como este que experimenta ahora) en que la soledad y la tristeza son amamantadas por lobas amorosas, que el desconsuelo se convierte en la imagen de la vida de los sueños, que los balbuceos de la infancia, de las letras y de los instrumentos pueden trascender su humanidad minúscula. Que existe el vacío sin el terror, la libertad sin la caída, el tiempo sin la nada, la belleza, la sustancia, el hoy: el arte. El señor M siente que algunas lágrimas se asoman en sus ojos. No se mueve, no habla, apenas su corazón late, pero siente en su interior que ninguna novela puede reproducir el fulgor de ese momento. Siente (porque podemos escribirlo) que experimenta el instante (que vive una historia) como ninguno de sus personajes o de otros podría hacerlo.

April 9, 2008

Poema del olvido

Porque el destino no se cumple
hasta haberlo dejado atrás.
Esta noche las historias se me cierran,
y en un cajón en el vacío les impongo ayer.
En el Hades de mí mismo, la música
no podrá encontrar tu alma.
Destino es que ahora yo te olvide
como ayer amé el sagrado canto
de tu nombre. Esta noche
el rostro se sueña en otros rostros.
La Fortuna ha hablado: confundir
historias del destino, ser más
de un rostro como ahora tú
dejas de ser mi único presente.
Existen más de dos ovillos
de hilaza en las líneas de mis manos.
Destino es que ahora se disuelvan
las palabras de nosotros.
Destino es que me deje atrás contigo.
El destino es mi yo, laguna
de historias en silencio, el instante
con destinos que no son, aún.

April 8, 2008

El señor M

El señor M (aunque le pese aceptar que es ya un señor) no sabe qué hacer con el pasado. Ni réquiems, confesiones, películas a blanco y negro, novelas vertiginosas, clases en la mañana y en la tarde, caminatas por parques y casas interiores, noches de jazz con amigos y solo, ni poemas ni árboles, hojas blancas y escrituras nuevas en la palma de la mano, psicólogos reales e imaginarios, ni el tiempo todavía, han bastado para hacerlo entender qué es lo que ha pasado en las últimas semanas. Sí, el señor M no entiende qué pasó, por qué de pronto el hielo de su vida fue agrietándose en medio del invierno, cuando el viento aún soplaba y el cielo era de un gris constante, supuesto reflejo del hielo, de la vida previsible.

El señor M sabe ahora que, en la historia de los mortales (como lo es él), todo es posible. El hielo se quiebra, cae nieve cuando no debiera, los sueños le indican hacer al señor M actos que no autoriza en la vigilia, se siente hecho de aire cuando menos lo espera, continúa hablando y escuchando cuando se ha ausentado de su mente, las gotas que caen en el cubo (incluyendo sus lágrimas) no alcanzan a desbordar el límite ni a aplacar la sed de la tristeza, la noche invade el día y la palabras, y la música es sólo la pulsación de su herida mortal, que niega a cerrarse y por la que se ha ido escapando la confianza en las personas y las oraciones que profieren en el altar de lo sagrado. Más le vale al señor M dejarse vivir solamente, sin pensar, ni pelear consigo mismo, sin tratar de resolver los problemas del hielo y de sus leyes contingentes.

De alguna manera, cuando yo termino de escribir estas letras, el señor M se conforma con el tiempo vacío que yo y él mismo le hemos recomendado. El señor M es una suspensa energía que abraza el instante y no mira al precipicio del pasado y del futuro. Así querrá existir mañana, 9 de abril de 2008, y deseará sobrevivir ese día sin el recuerdo de lo que sucedió un día como ese pero de 2005, día que inició la formación del hielo hermoso, con sus cantos de inmortalidad pequeña; el mismo hielo que, al caer, lo ha forzado a esperar en una silla a que el tiempo acabe con el tiempo.

April 5, 2008

Vivir y sus equivalencias

Vivir implica el seguimiento de una ecuación. Vivir para la señorita C consiste, por ejemplo, en ordenar constantemente el mundo a su alrededor. Si no es posible controlar los elementos de su mundo, ya sea por medio de asignarles una clasificación, un odio, o una emoción, la señorita C siente el temible vacío de la inconsistencia y, por consiguiente, siente que no está viviendo, que el tiempo pasa frente a ella y se escurre por una alcantarilla.

Para la señorita C vivir es igual a encontrar el orden. Lástima que lo haya yo descubierto demasiado tarde, pues ella buscó por todos los medios meterme en el orden de su ecuación. No sabía —quizá yo tampoco lo sabía— que una de las equivalencias de mi vida consiste en aceptar el caos como orden natural. Yo trataba de encontrar en el caos el reflejo de la vida que se vive correctamente; ella, dominar el caos ajeno para sentirse segura —reafirmar— que la vida era vida y no una serie de fragmentos de madera flotando en el mar, como ella vio mi propia vida.

El señor S desde los catorce años, por otro lado, ha hecho de tocar el piano la equivalencia de vivir con realidad e intensidad. El señor S empieza a sentirse ansioso si pasa más de dos días sin tocar el piano. A mí me consta: cuando me visitó en B, fue necesario pedirle al señor R que nos diera acceso al piano de su casa. El señor S tocó por más de una hora. Se sintió mejor. Yo me di cuenta que su adicción por vivir —su desesperación por salvar su tiempo— hizo que ignorara la ligera destemplanza de los sonidos del piano del señor R. En la supervivencia no hay estética, pensé.

Tocar el piano y estar con la señora B se ha vuelto la misma ecuación para el señor S. De esta forma, el señor S puede soportar estar lejos del piano siempre y cuando esté cerca de la señora B. Y de manera implícita, tocar el piano no sólo representa producir música, sino también es el contacto entre las manos del señor S y el cuerpo de la señora B. De esa equivalencia no está muy consciente el señor S. Yo, que conozco al señor S desde hace más de 20 años y que vi nacer su amor por el piano y por la señora B, puedo verla con claridad. Sospecho que la señora B puede intuir que el señor S le es infinitamente fiel cuando toca el piano. Desde muy pronto dejó de sentir celos por la caja negra nacedora de amor y sonidos.

Sin ser matemático, trazo líneas, escribo números, analizo metáforas y descubro fantasmas en el lenguaje y la conducta de los otros, que a veces soy yo mismo. Definir equivalencias, como si de esa manera leyera y escribiera el libro del mundo al cual pertenezco, es sin duda una de las maneras en que siento que la vida es real y no de aire y no niebla.